"ANTES DE QUE LEAS LO QUE ESCRIBI DEBES SABER: YO CASI NO PUEDO ESCRIBIR, SOY CUADRAPLEGICO; MUDO; TENGO PROBLEMAS RESPIRATORIOS Y SUFRO DE ESTRAVISMO [LO QUE ME IMPIDE LEER] Y OTROS MALES; SIN EMBARGO AHI VAMOS. QUIERO PEDIRTE EXCUSAS SI SE ME VA UN ERROR DE ORTOGRAFÍA, SINTAXIS O ALGUN OTRO. TAMBIEN LES TENGO QUE DECIR QUE ME LLEVO 60 DIAS ESCRIBIR MI TEXTO INSPIRACIÓN, Y ESTO ME HACE MUY FELIZ PODERLE DECIR A TODOS LOS CUDRAPLEGICOS QUE NO SE RINDAN; QUE DEN TODO DE SI. ME GUSTARIA QUE ALGUN AMIGO MÍO, SALESIANO O JESUITA, QUE TUVIESE RELACIÓN CON LAS REVISTAS SIC O BOLETIN SALESIANO HICIESE PUBLICAR ESTE ESCRITO, NO PORQUE PIENSE QUE ESTA SEA UNA PIEZA LITERARIA RELEVANTE, SINO PARA QUE SIRVA A LOS DISCAPADOS DE ALIENTO PARA SEGUIR LUCHANDO Y DECIRLE AL MUNDO QUE TENEMOS ANIMO DE VIVIR. NADIE VALORA MAS SU LIBERTAD QUE AQUELLOS QUE LA HAN PERDIDO INJUSTAMENTE". Roly, lunes, 29 de marzo de 2010.

TEXTO ROSALIO CASTILLO


Pensamiento aporte por Rosalio Castillo

Pensamiento aporte por Rosalio Castillo
Pensamiento por Rosalio Castillo

LIBRO VIRTUAL DOBLE INSPIRACIÓN: HOMENAJE A ROSALIO CASTILLO

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miércoles, 29 de junio de 2011

¿…?

Los ríos transportan miles de millones de litros de agua dulce hasta los mares donde los depositan año tras año y por millones de años. Todos sabemos que los mares no tienen desagües; ahora me pueden explicar ¿Por qué, desde que frecuentas la playa, el mar está siempre a la misma altura? Y ¿Por qué, con tantos millones de litros de agua dulce que le caen a la mar, esta no pierde su salinidad? Acaso el agua vuelve a través de remolinos y fisuras, no conocidas, a sus reservorios; si esto no fuese así se pueden imaginar el tamaño de los depósitos de agua para que esta fluya por millones de años.
Rosalio (Roly) Julio Castillo Brandt; domingo, 20 de febrero de 2011.

miércoles, 22 de junio de 2011

LA RENDIJA

Todos los días antes de levantarme me deben voltear hacia mi lado derecho para ponerme una crema que evita la formación de escaras; en esta posición logro ver, a través de una ventana, la pared que separa mi casa de la casa de la casa del vecino.
Sobre esa pared se apoya el techo dejando una rendija de unos 60 Cms de largo por unos 15 Cms de alto [luego se agranda, pero no logro verla] a través de la cual veo el cielo unas veces encapotado, otras lluvioso y otras prístino.
Luego me sientan en la sala y no vuelvo a ver el cielo hasta el día siguiente. Cuando sales de tu casa se te ha ocurrido elevar los ojos al cielo al tiempo que le das gracias a Dios por poder ver el cielo en su plenitud y tantas cosas bellas que Dios ha creado, para ti, en la naturaleza.
Rosalio (Roly) Julio Castillo Brandt; jueves, 21 de abril de 2011.


viernes, 17 de junio de 2011

LA HOJA

Muy temprano en la mañana (4:30 am) un día cualquiera de mayo, como había acordado con el encargado de La Palmita, fundo en el cual me encontraba junto con su dueño y amigos; dicho fundo queda en el estado Guárico, solía ir con bastante frecuencia y me divertía muchísimo. Dormíamos despreocupadamente en una casa de enormes y abundantes corredores, dicha casa estaba ubicada en la parte alta de una colina y como dato curioso les diré que estaba rodeada por matas de ciruela de huesito, adonde llegaban cientos de pájaros y nos alegraban con sus cantos; dormíamos en los corredores y en hamacas y la casa no tenía ni puertas ni ventanas.
Una vez me hube desperezado golpee con fuerza los zapatos contra el piso para prevenir que un escorpión se hubiese metido en ellos, ya levantado me dirigí al baño para lavarme; hecho esto fui a la cocina y a mi paso por la sala tomé un morralito de esos que se colocan, con un cordel, sobre el hombro entre el cuello y el brazo.
Una vez en la cocina puse a hacer café y mientras éste se cocinaba metí en el morralito unos pocillos de peltre [tazas], una bolsa de plástico con azúcar, unas servilletas de papel y unas cucharillas. Terminé de hacer el café, lo colé y vertí el líquido en un termo, lo tapé y coloqué en el morral; pasé de nuevo por la sala para recoger mis implementos de fotografía [no salía sin ellos]. Apertrechado así, salí de la casa siguiendo un camino empedrado que discurría entre las matas de ciruelas y llevaba directamente al camino de tierra que conducía a los corrales y vaquera.
No había aclarado todavía y estaba deseoso de tomar unas fotos, mientras caminaba iba arrancando ciruelas y echándolas dentro del morralito, así llegué al pie de la colina en donde quedaba la verja de acceso a la casa, la abrí, salí y me cercioré de que la hubiese cerrado bien; entonces anduve unos 200 metros y cruce a mi izquierda y tomé un camino que me habría de conducir a la casa del encargado y a la vaquera, para ello debía atravesar un portillo [puerta de alambre de púas], al cual le habían colocado al lado una horqueta para que el que viniese a pie no tuviese que preocuparse de abrir el portillo.
Una vez adentro me encaminé directamente a la vaquera por un camino polvoriento, dicho camino atravesaba un bajío y sólo se podía transitar en verano. Estábamos en entradas de agua y el camino estaba festonado por flores de pascuas y lirios sabaneros, así como de unas amarillas muy pequeñas y de unas blancas que parecían margaritas. Yo seguía adelantando en mi caminar e iba recogiendo algunas flores y colocándolas con mucho cuidado en el morralito.
Me alegraban los sonidos que escuchaba: el canto de un gallo, las vacas llamando a sus becerros y estos a sus madres, los cantos de ordeño acompañados de la palabras ‘’ponte’’ o ‘’estate tranquila Viento de Agua vas a botar la leche’’, oía el chillido de un perro al recibir una patada porque se quería tomar la leche. Eran muchas las cosas que oía, pero también había otras que me alegraban el día, así podía sentir la fresca brisa que me acariciaba el rostro y traía hasta mí los más variados aromas.
Estaba cerca de la vaquera y podía ver los quinqués a través del enrejado de bambú dar su triste luz, en ese momento gruñó, amenazadoramente, el viejo Sin Estrellas, un negro y enorme perrazo, el cual no abandonaba su sitio donde estaba echado al lado de la puerta. Acto seguido profirió un largo y sonoro ladrido sin levantarse siquiera [dicen que: ‘’Perro viejo late echado’’], parecía querer avisarle a los otros perros y gente que un intruso se acercaba.
El encargado se asomó [me esperaba], los perros llegaron en carrera y con muestras, evidentes, de disgusto; al reconocerme movían la cola y hacían las más variadas contorsiones, se acercó lentamente Sin Estrellas y me olfateó como para comprobar que se trataba de alguien conocido. Después de esta breve interrupción me abracé con el encargado y juntos entramos a la vaquera, recinto muy precario como la mayoría de las fincas del llano venezolano que no poseen vías de penetración ni electricidad. El piso era de tierra y las paredes estaban hechas con pedazos de tablas y varas de madera, cerca de la vaquera existía otra construcción igual para hacer y guardar el queso, llamada ‘’quesera’’.
Una vez adentro nos saludamos; a un lado de la vaquera estaba un corralito en donde se mantenían encerrados, desde el día anterior, a todos los becerros para que no se mamasen a sus madres y al otro lado había una puerta de tranca que daba a uno de los corrales de trabajo en el cual se encerraban las vacas y en donde normalmente se ordeñaba, si no llovía, de suceder esto se hacía adentro.
La cosa era más o menos así:
El ordeñador veía a una vaca que quería ordeñar entonces la comenzaba a llamar por su nombre, esta paraba las orejas y con la cara rebosante de alegría producía un fuerte mugido el cual era contestado por su becerro, este era liberado y seguido por el ordeñador quien agarrándolo por las orejas lo hacía mamar de cada ubre, esto con el objeto que la vaca bajase la leche, se soltaba al becerro mientras se tomaba el cabresto [mecate pequeño] momento que aprovechaba el becerro para propinarle a su madre un tremendo topetazo en el vientre, también para que bajase la leche. Luego se le amarraba con el cabresto por el cuello de una de las patas delanteras de la vaca; tomaba el tobo para ordeñar, se agachaba frente a la vaca [del lado derecho] y a la altura de las patas traseras, metía el brazo izquierdo por detrás de las ubres y se aferraba a la pata izquierda de la vaca para hacerle palanca con su antebrazo a la pata derecha para que la echara para atrás y le quedara espacio para ordeñar [en este momento empezaba su tonada ‘’…ponte Nube de Agua que hoy lloverá polvo y no agua…’’. Acto seguido le amarraba las patas traseras con otro cabresto, para que no fuera a patear el tobo, limpiaba las ubres con los pelos del rabo, con sus dedos pulgar e índice en pinza estiraba cada ubre para sacar un poquito de leche y comenzar a ordeñar; para ello tomaba, en cruz, en cada mano una ubre y las iba exprimiendo, alternativamente, haciendo brotar de ellas gruesos chorros de leche. Es de advertir que el acto de exprimir debe ir acompañado de un movimiento de los dedos de arriba hacia abajo para que salga algo. Calculando que le quede leche al becerro el ordeñador se para con el tobo y con la mano libre libera de sendos tirones las patas traseras de la vaca y al becerro; estos nudos se realizaban para que se soltasen halando un lado del mecate. Incorporado el ordeñador con los cabrestos al hombro y el tobo bien agarrado ubicaba a su próxima vaca y se alejaba hacia el corral de becerros diciendo alegremente ‘’Dulzura, Dulzura…’’
Me dirigí a una polvorienta tabla, la cual sacudí y fui vaciando el morral con cuidado, serví el café y se los fui dando a los ordeñadores quienes prefirieron tomárselo cerrero [sin azúcar] y sin leche, volví a la tabla me serví café le eché una cucharadita de azúcar y fui hacia una vaca que estuviesen ordeñando y pedí unos chorritos de leche; le pasé el pocillo al ordeñador, el cual con una puntería envidiable lo fue llenando de una leche tibia y espumosa bajo la mirada triste e impotente del becerro, quien al verlo atinó a lanzarle un chorro de leche en la boca para beneplácito del becerro.
Mientras me tomaba el café con leche observaba todas las faenas propias del ordeño; al terminar mi café tome mi cámara y comencé a sacar fotografías, estaba empezando a clarear y el ambiente se llenaba de trinos a cual más bello, me acerque a la vaquera y le hice saber al encargado que no veía a la vaca Margarita, la vaca más querendona del corral, me dijo que no había venido y que debía haberse quedado en la costa del río. Me preocupe mucho y le dije que uno de mis amigos había visto, en el día de ayer y en esa zona un tigre y que iría a buscarla, el me ofreció inmediatamente su cabalgadura, pero como había que irla a buscar al potrero comprendió que quisiese partir sin dilación.
Recogí todo y lo guarde dentro del morralito, metí la cámara en su maletín y me despedí de todos; salí apresuradamente y los perros me acompañaron hasta el portillo iban dando saltos de alegría y yo llevaba un paso bastante rápido, le di unas cariñosas palmadas a los perros, atravesé la horqueta y me encaminé hacia la casa.
Me cambié sigilosamente la ropa y me puse una adecuada para caminar por el monte, me trencé las botas, cogí la canana de balas y me cercioré que hubiesen balas rasas por si me topaba con el tigre, tomé mi cuchillo de cacería, 2 mecates [uno pequeño y otro grande], le cambié el lente a la cámara y le puse uno variable, me puse mi sombrero, coloque las ciruelas y las flores al lado de la hamaca de Ane [mi esposa]; me dirigí a la cocina donde deje el morral y llené una cantimplora con agua poniéndomela al cinto y salí rumbo al Río Las Cocuizas, en cuyas márgenes pastaba el ganado de ordeño.
Eran las 6 de la mañana, el día estaba claro y fresco y el aire traía hacia mí infinidad de aromas agradables, luego de haber caminado un kilómetro llegué al cauce seco del río; a pesar que era principios de mayo y ya el río había crecido varias veces lavando los pozos, todavía no corría libremente por lo cual nos mostraba su lecho de piedras por el que nos permitía andar. Mi andar era rápido y seguía el curso del río hacia sus nacientes, me preocupaba no ver rastros de la vaca pero a la vez me tranquilizaba, el hecho que al elevar los ojos al cielo no se veían zamuros que anunciaran algo trágico. Por todos lados se veían brotes nuevos, lo que indicaba que había llegado el invierno; sobre los árboles había una gran variedad de orquídeas entre ellas la flor de mayo, todas despedían un suave aroma que llegaba hasta mí y atraía a cientos de insectos que terminarían por polinizarlas. Continué mi andar por espacio de una hora sin ver ni rastros de la vaca, me llamó la atención ver en un recodo y a orillas de un pozo una garza mora [morada] la cual no podía levantar vuelo porque cada vez que se paraba se iba de cabeza; al acercarme pude observar que lo que pasaba era que en su afán por alimentarse pescó un pez muy grande y al tratar de tragárselo se le atracó; me acerqué y decididamente tomé, con una mano, a la garza por el cuello mientras que con la otra halaba el pescado por la cola; le di un fuerte tirón y me quedé con el pescado en la mano, solté a la garza y abrió el pico, yo me cubrí el rostro pero lo que quería era tomar aire; pensando que nunca había probado carne de garza mora saqué mi gran cuchillo de caza y de un tajo le corté la cabeza, al pescado y la tiré lejos al igual que las aletas. La garza se había echado unos pasos para atrás yo corté el pescado en tres pedazos y los coloqué en la orilla del pozo, limpié el cuchillo, lo sequé con mi pantalón y me incorporé para proseguir.
Mientras me alejaba observaba por el rabillo del ojo como la garza se acercaba al pozo e ingería los trozos de pescado. Los pájaros estaban dejando de cantar ya se oían los ‘’Cristo fue’’ y las ‘’paraulatas llaneras’’. Vi el reloj, eran las 7 y cuarto y nada de la vaca. A lo lejos se oyó un alcaraván y yo caminaba.
Un cuarto de hora después llegué al pozo de Las Cocuizas, a orillas del cual pescaba [hábilmente] un Martín pescador, regresando después de cada zambullida a la misma rama. El pozo era enorme, obscuro, tenebroso y ocupaba todo el cauce del río lo que me obligaba a rodearlo. A mi derecha se elevaba bruscamente la tierra lo que me impedía el paso por lo que tomé a mi izquierda; hacia este sitio se abría una explanada con muchos árboles y a ella me dirigí, para acceder a la explanada debía atravesar por un sitio en donde abundaban los arbustos de una mata llamada ‘’jala p’atrás’’ [hala para atrás], esta es una mata tremendamente desagradable ya que le nacen muchas ramas formando una verdadera maraña, pero lo ingrato es el hecho que en las ramas nacen una profusión de espinas como la de los rosales pero afiladas, curvas y crecen al revés. Por eso cuando uno se tropieza con esta mata sale todo lacerado y las espinas como nacen para atrás se engancha n de la ropa impidiendo el avance, de allí su nombre.
Tomé valor para atravesar la zona de jala p’atrás, cosa que realicé; por cierto que esto me hizo acordar de Jesús y mientras nosotros podemos enjuagarnos las heridas y tenemos la seguridad que esto sería pasajero, El tuvo que soportar la corona de espinas hasta su muerte.
Una vez que hube pasado las matas me senté sobre una piedra y miré en mi derredor, observé como a mi derecha la explanada en la cual me encontraba se alargaba hasta un bajío que se mantenía húmedo todo el año y donde crecía un cañamelar; como sudaba a causa del ejercicio, las gotas que me caían sobre las heridas producían gran ardor. Saqué la cantimplora y me enjuagué un poco las heridas mientras veía a unos araguatos [monos color rojizo, que emiten un ronquido cuando aúllan] que comían tranquilamente, cosa que me calmaba porque de haber cerca un tigre hubiesen estado inquietos y aullando.
Me sofocaba el calor, decidí tomar agua y recline hacia atrás la cabeza al tiempo que sorbía unos tragos de agua de la cantimplora, con la mirada en la cúpula celeste pude observar como la surcaba un paují copete amarillo emitiendo su largo silbido. Antes de bajar la mirada pude observar una bandada de palomas turcas.
Baje la cabeza y me detuve para observar una hoja seca y solitaria mecida por una imperceptible brisa, pero esta se paró dando paso a una calma chicha, en ese momento se desprendió y la resistencia del aire la hacía bambolearse de un lado a otro hasta que en definitiva cayó, suavemente, al piso. Estaba yo pensando en las semejanzas entre nuestras vidas y la hoja [uno cuando pequeño permanece con sus padres y cuando va creciendo se separa de ellos y comienza a dar tumbos por la vida hasta que al final muere] cuando de pronto los araguatos formaron una grisapa tal que me volvieron a la realidad, tapé la cantimplora, tomé mi escopeta, me cercioré que estuviese cargada con balas rasas, miré en mi derredor y noté un imperceptible movimiento, en el cañamelar, a unos escasos 35 mts de donde me encontraba; el que ha vivido un ataque de un tigre sabe que 35 mts no son nada.
Me parapete detrás de la piedra donde descansaba, no veía a ningún animal pero de tratarse de un tigre estoy seguro que tendría rato mirándome. Me tranquilice y una vez agachado y con el arma firmemente empuñada la apunte hacia donde había visto el movimiento; no podía fallar al primer intento ya que el tigre atacaría como una tromba. Me imaginé al tigre arrastrándose con el pecho en tierra y emitiendo unos débiles gruñidos mientras se relamía y sus labios y cachetes se contraían dejando ver sus amenazadores dientes; me había preparado para lo peor y estaba dispuesto a vender cara mi vida, había colocado a la mano y sobre la piedra el cuchillo de cacería, ahora sólo quedaba esperar.
Entonces lentamente y como si fuese la cortina de un teatro se fueron separando las cañas y emergió la cabeza de Margarita, guarde mi cuchillo de caza, tomé el cabresto pequeño y me dirigí hacia la vaca.
Cuando llegué a su lado le rodee el cuello con el brazo al tiempo que pasaba el cabresto para amarrarla; la conduje a una mata en donde la amarré y me devolví para cortar unas cañas dulces, cuando estaba dirigiéndome al cañamelar oí una voz que me llamaba por mi nombre y al girar pude observar que llegaban mis amigos junto con el encargado, resulta que una vez que partí este le dijo al hijo menor: ‘’ve al potrero y trae mi caballo y 5 más, los ensillas y me vienes a avisar’’. En lo que las bestias estuvieron aperadas subió a la casa de la finca y se encontró con el dueño tomándose un café le contó lo ocurrido y le dijo que las bestias estaban listas y esperando. El dueño fue a avisarle a los demás y el encargado se fue a la vaquera donde le dijo al hijo mayor: ‘’yo voy a buscar a Roly, encárgate del ordeño’’.
Se fue a su casa, se tomó un café y se trasladó donde estaban las bestias y sujetó una a la cola de su caballo [acción de arrebiatar] para llevármela a mi; serían las 7 y 15 am cuando estuvieron listos para partir.
Nos saludamos y juntos nos dirigimos a cortar unas cañas dulces, las cuales fuimos apilando en una gran cantidad para hacer 2 ases y amarrarle uno a cada lado de la vaca; hecho esto nos sentamos a chupar caña. Quien no haya hecho esto nunca, es más o menos así:
La caña es una rama, semi-dura, de la cual se extrae el azúcar, las ramas pueden ser abarcadas con una mano, tienen unos nudos cada 20 cms y su concha de un color [predominantemente] morado era fácilmente desprendible con un cuchillo; las hojas, lanceoladas crecían en la parte alta de las ramas. Al quitarle la concha queda al descubierto un cilindro blanco con los mencionados nudos, se desprendían los nudos con el cuchillo y quedaba el cilindro fibroso. El cilindro es muy fácil de dividir en cuatro longitudinalmente, con un cuchillo ya que es fibroso, no leñoso. Entonces uno agarra un cuarto del cilindro y lo va masticando al tiempo que la boca se le llena a uno de un líquido traslúcido y dulce que hace las delicias de quien la prueba. El bagazo que va quedando se desecha.
Chupando caña y bromeando pasamos un rato agradable pero debíamos continuar; tomamos la vaca por su cabresto y mansamente nos siguió hasta una mata cerca del pozo en donde habían amarrado los caballos para que bebieran. Nos salvamos de las matas jala p’atrás porque el encargado había abierto un caminito con su machete.
El regreso se efectuó sin contratiempos y dentro de un ambiente cordial. Llegando a la casa invitamos a desayunar al encargado pero se excusó porque tenía que ordeñar a Margarita y encargarse de las bestias. Llegamos a la casa nos apeamos, cogimos las cañas, nos despedimos y entramos a la casa.
Los muchachos salieron a recibirnos, las esposas nos esperaban debajo de las matas de ciruela y juntos entramos a la casa, serían como las 10 y 30, mientras nos fuimos bañando nos tomamos unas cervezas, había comenzado a hacer un calor insoportable. Por fin nos sentamos a comer [las señoras se esmeraron] había arepas asadas [tortas de harina de maíz que se hacen aplaudiendo con las manos], caraotas refritas, queso rallado, cuajada [queso fresco y con poca sal], pisillo [especie de guiso seco y desmechado – sin verduras] de báquiro, nata, suero, huevos de pica tierra [así se les dice a las gallinas que se alimentan sólo picando la tierra], etc. Mientras desayunamos se fue encapotando el cielo con amenazantes nubes de lluvia; había comenzado a llover y estaba muy obscuro, terminamos de comer y nos sentamos en un corredor a tomarnos un café mientras veíamos llover. Los muchachos hacían barcos de papel, los cargaban con sus sueños y los ponían en una chorrera que del borde de la casa partía colina abajo llevando las aguas de todos los techos; por nuestra parte bromeábamos y tratábamos de arreglar el mundo. Así pasamos el día buscando como divertir a los muchachos y meditando. Escampó a las 3 pm y fuimos a casa del encargado donde jugamos bolas criollas y dominó mientras los muchachos jugaban con los becerros y volaban papagayos [cometas]. Hicimos una parrilla y decidimos irnos a la casa, estábamos cansados y queríamos descansar. Esperando mi turno para lavarme me senté en una butaca al lado de mi hamaca para pensar en tantas cosas. Quedamos en ir a la mañana siguiente al ordeño y nos acostamos.
Me levanté, ya me había lavado y estaba con Ane, mi esposa, preparando café; cuando el silencio de la madrugada [5 y 45] fue roto por un timbre el cual a mí se me antojaba que sonaba durísimo, dejamos todo lo que hacíamos y nos dirigimos a la sala de donde provenía el timbre, aquí nos reunimos todos. El timbre provenía de un viejo reloj despertador que el dueño de la finca había puesto para que nos despertáramos.
Mientras se alistaban me tomaba un café, veía las curiosas sombras de las matas, el lucero de la mañana ocultándose tras las galeras [formación rocosa], oía el canto de un gallo en la lejanía, los mugidos de las vacas llamando a los becerros, la algarabía que tenían las guacharacas en la mata de mango del corral y…
Arregle el morral y Ane metió una lata de Toddy [polvo achocolatado] ya todos listos, nos encaminamos a la vaquera sin contratiempos; llegando a ella salieron los perros los cuales nos reconocieron inmediatamente y con ellos entramos a la vaquera.
Preparamos los café y los Toddy para tomar con leche, una vez que hubimos tomado esto, cada uno tomó un tobo para ordeñar; al pasar junto al encargado me pidió ayuda para trasladar hasta la quesera la cántara de leche [cántara, es un envase de aluminio, con 2 asas, en forma cilíndrica angostándose hacia la boca la cual es ancha, tienen una capacidad – unas de 50 lts y otras de 70 lts y tienen un cilindro, soldado, más pequeño que la separa del suelo], sacudió un gran colador que traen las cántaras para colar la leche que se va echando y la cerró bien con la tapa.
Llevamos la cántara a la quesera y tomó una pastilla de un frasco que tenía pegada una etiqueta escrita a mano y en la cual a duras penas se leía la palabra ‘’Cuajo’’, cuidadosamente la puso sobre una mesa y la picó con un cuchillo de acuerdo a los litros de leche que quería cuajar, guardó en el frasco la parte que no iba a usar, sacó 2 cucharas de una gaveta colocó entre ellas el pedazo de pastilla que dejó afuera y la redujo a polvo ejerciendo presión sobre una de las cucharas y contra la otra; una vez hecho esto vertió el polvo en la leche y con una paleta grande de madera lo revolvió hasta el cansancio, había que aprovechar que la leche estaba tibia, tapó la cántara y volvimos a la vaquera.
Agarré mi cámara, le cambié el lente por uno de 135 mm y me dediqué a tomar fotografías, esperaba que me hubiesen quedado buenas. Ese era el deseo de todo fotógrafo, ya que para esa época no había cámaras digitales ni ningún otro avance tecnológico y debía esperarse el revelado.
Después de sacar algunas fotos tomé un tobo y me puse a ordeñar, éramos tantos ayudando que ya a las 6 am habíamos terminado, ayudamos al encargado a llevar la última cántara y esperamos que le echara el cuajo. Nos despedimos de su familia y quedamos en volver después de desayunar para ayudar a hacer los quesos. Así le dábamos tiempo de actuar a las pastillas de cuajo.
Cuando llegamos a la quesera nos lavamos hasta los hombros y cada uno hizo suya una cántara para comenzar a romper el cuajo:
Con la pastilla de cuajo se solidifica la leche y se separa el cuajo propiamente dicho [con el que se hace el queso] del líquido [suero]; pero como la masa solidificada es muy grande hay que desmenuzarla dentro de la cántara, eso le da la consistencia al queso para luego prensarlo; esta es una tarea bien agradable y uno debe hundir todo el brazo. Una vez desmenuzado se saca con colador y se va poniendo en una gran bandeja de madera, el suero lo usan para el proceso de hacer queso de mano, requesón y se lo dan a los animales.
Con todo el cuajo en la bandeja, el encargado apartó un poco para hacer la cuajada [queso del día con poca sal], tomó un cincho y un paño limpio de una pila [cincho es un artefacto que se hace con 4 tablas de madera , previamente perforadas y se unen para formar un cubo y se cortan 2 tablitas del tamaño del área interna del cubo, una se pone en el fondo de este para evitar que se pudra el queso con el suero que va a botar y la otra se pone encima, con peso para que sirva de prensa]; puso el cincho sobre una tabla que conducía al suero a un envase, introdujo la tablita que le serviría de piso, colocó el paño cubriendo todo el interior y sin arrugas, fue rellenando el cincho con cuajo, una vez lleno, dobló el paño para cubrirlo y por último puso la tablita que serviría de prensa y colocó encima unas piedras.
Le puso más sal al cuajo y procedió como anteriormente. Acto seguido lavó con agua los quesos de los días anteriores los secó bien y frotó con sal para ir formándoles una concha para que las avispas y moscas no pudieran poner sus huevos en el queso; cuando terminamos serían las 10 am y decidimos pasar el resto del día en el pozo de las 64.000 tripas bañándonos, bromeando y haciendo una parrillada.

Rosalio (Roly) Julio Castillo Brandt; sábado, 21 de mayo de 2011.

miércoles, 15 de junio de 2011

SIIIIIII

Muchas veces les he dicho como Dios me ha enderezado en la cama, pues bien últimamente me ha sorprendido, gratamente, que al despertarme casi siempre estoy derecho y si amanezco torcido me endereza rápida e imperceptiblemente. Creo que la rapidez es debida a la mayor fe y confianza que le tengo a Dios.



MOSQUITERO

Desde el 2001 vengo usando mosquitero para evitar la picada, nocturna, de los mosquitos. Sin embargo muchas veces se han quedado encerrados dentro y por la dificultad de localizarlos debido al tamaño, lo hemos así.
La verdad es que no me han picado; y las últimas veces que sentido un mosquito ha sido muy tarde para avisarle a nadie, entonces le supliqué a Dios que no fuese a ser picado. Oh sorpresa, no sólo que no fui picado, sino que a los 5 minutos dormía plácidamente.
Pero lo que realmente te va a sorprender es esto:



LA CUCARACHA

Una noche muy fría me había colocado una cobija y veía la televisión tranquilamente cuando de pronto se metió, por debajo de la puerta que da al jardín, una negra y grane cucaracha y tomó rumbo hacia el televisor; yo comencé a hacer ruido para alertar a mi gente de la presencia de cucaracha; A mitad de camino cambió el rumbo y se dirigió hacia donde estaba yo; llegaron los muchachos y comenzaron a buscarla para ello sacudieron la cobija, revisaron la silla, etc., todo fue en vano, no pudieron hallarla entonces pensamos que se había salido por la puerta, nos despreocupamos, bromeamos, cada quien regreso a sus tareas y yo continué viendo televisión.
Cuando llegó la hora de acostarme, al hijo que le tocaba lo hizo y me arropó con la cobija, me dio un beso de buenas noches y se marchó. No habría pasado ½ hora cuando sentí un aleteo de otra cucaracha en una biblioteca que tenía cerca de la cama; no me preocupo ya que me protegía el mosquitero. Mientras pensaba que habría que fumigar sentí un tercer aleteo pero esta vez logró zafarse y cuál no sería mi angustia al sentirla caer sobre la cobija a la altura de mi barriga [no se trataban de varias cucarachas, si no de la primera]. Caminaba a sus anchas y yo no podía producir ningún ruido para llamar la atención, entonces traté de llorar y dejé de hacerlo porque se encaminó hacia mi cara y temía que se introdujera en mi boca; para estos momentos mi angustia era total, la cucaracha seguía su avance y mi angustia crecía.
Le pedí a Dios y a María Auxiliadora que me socorriesen, ya la cucaracha estaba por llegar a la cara pero sorpresivamente cambió su rumbo, pasó sobre mi hombro derecho y se encaminó hacia el borde de la cama, entonces oí como caía al piso; le di gracias a Dios y a María Auxiliadora. Rogando que no encontrara el camino de vuelta momentos después dormía profundamente. A la mañana siguiente, cuando me vinieron a levantar se sorprendieron de encontrar tamaña cucaracha, muerta, dentro del mosquitero.
A la mañana del incidente me ocurrió algo insólito, verán:
Me habían sentado en la sala y como seguía haciendo frío me puse, de nuevo, la cobija; veía tranquilamente la televisión, serían las 10 am, cuando de repente mi perrita, una cocker, comenzó a ladrarle desesperadamente a mis piernas lo que me hizo creer que se había vuelto loca, era tal el escándalo que en segundos toda mi familia estaba junto a mí y pudieron percatarse que los ladridos no iban dirigidos a mis piernas sino a una cucaracha que trataba de subir por la cobija. Mientras retiraban y mataban la cucaracha Canela, que así se llama mi perra, daba brincos de alegría como si supiese que estaba ocurriendo.
Debo dejar muy claro que nunca he entrenado, para esto ni para ninguna otra cosa y aunque quisiera no puedo.

Rosalio (Roly) Julio Castillo Brandt; viernes, 29 de abril de 2011.

martes, 14 de junio de 2011

PRINCIPIOS Y VALORES

Hacia los años 50 y 60 vivíamos una época plena de valores y principios que nuestros abuelos le habían inculcado a sus hijos y estos, en su debida oportunidad, nos los inculcaron cuando pequeños; así crecimos en un mundo en el campeaba el respeto y a nadie se le ocurría transgredir una norma o incluso faltarle a alguien el respeto, bastaba que a uno le pelaran los ojos para darse cuenta que estaba realizando algo indebido.
Con estos principios comencé a estudiar derecho, carrera que culminé el 14 de agosto de 1973; en el ejercicio profesional ya se hablaba y se sabía de jueces corruptos, pero imperaba el imperio de la ley.
Como abogado siempre me ha apasionado el imperio de la ley. Pero, en los últimos tiempos, en Venezuela y el mundo a los legisladores se les ha pasado la mano y han creado una profusión tal de leyes que ni profesionales del derecho ni la sociedad en general conocen a fondo.
En esa época estaban muy arraigados los principios y valores y no existían delitos como el secuestro o aquellos contra la vida [para obtener unos zapatos u otro motivo].
Aunque soy un gran enamorado del Estado de Derecho y del Imperio de la Ley, hace falta retomar e inculcar en los jóvenes los principios y valores que nos enseñaron nuestros padres. Un porcentaje, significativo, de leyes sancionadas actualmente se haría innecesario traduciéndose en una economía procesal lo que redundaría en el presupuesto y tendríamos una mejor sociedad.
Rosalio (Roly) Julio Castillo Brandt; viernes, 08 de abril de 2011.

lunes, 13 de junio de 2011

TESTAMENTO

Al igual que tú irremediablemente al final de nuestras vidas nos espera la muerte. Para los católicos, la muerte, es una transición entre la vida y la verdadera vida, ya que el morir nos conduce a la vida eterna. Dicho esto quiero expresarte mis deseos a la hora de mi muerte:
Como no poseo bienes de fortuna, me dedicaré sólo a la parte espiritual.
 Cuando te enteres de mí muerte rézale a Dios un Padre Nuestro para que me haya juzgado benevolentemente y me haya aceptado en El Paraíso y un Ave María a María Auxiliadora para que me haya presentado como su amigo.
 Cuando te enteres de mí muerte no salgas corriendo ponerte ropa negra y mucho menos aún a comprar ropa de luto [ya no podré ver tus sentimientos, guárdalos en tu corazón]. Si piensas ir a mi velorio hazlo con la misma ropa que te pusiste para ir al trabajo o para estar en la casa, si para nosotros la muerte es una transición para acceder, si Dios quiere, al Paraíso. Tenemos que ser consecuentes con nuestras creencias y no debemos manifestarnos con ropas tristes y lágrimas en los ojos; ¿qué pensarán los ateos de un velorio de un católico? Sin duda pensarían. Si creen en la otra vida ¿Por qué tan tristes?
 Si tienes por costumbre enviar coronas de flores a los velorios, te agradezco que no envíes este tipo de coronas a mí velorio. Si quieres lo que habrías de gastar en dicha corona lo puedes utilizar para mandar a decir una Misa por mí alma y las almas del purgatorio. En todo caso dejo a la familia en libertad para contratar una Cruz de flores blancas para colocar sobre el ataúd.
 Si piensas ir a mí velorio no estés con cara de burro embarcado ni cabizbajo; yo espero que Dios me abra las puertas del Paraíso y allí nadie me va a recibir con lágrimas. Más bien reza un Rosario por tú alma y la mía.
 No me entierren y desde cualquier montaña alta, vecina a Caracas, esparzan mis cenizas al viento y quizás así podrán decir que estoy enterrado simbólicamente en Venezuela y todos los países de Sur América. Escojan la montaña que les sea más fácil de acceder y que lo puedan hacer en carro.
 Cuando me recuerdes hazlo siempre con alegría.
 Que Dios y María Auxiliadora nos bendigan.
Rosalio (Roly) Julio Castillo Brandt; miércoles, 20 de abril de 2011.

LIBRO DIA DEL POETA VIRTUAL : DEDICADO A ROSALIO CASTILLO

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